Desde siempre ha existido la diversidad cultural. No solamente las personas somos todas diferentes, sino que también dependiendo de donde hemos
nacido tenemos costumbres, experiencias, religiones, maneras de entender la vida que difieren de un sitio a otro. Siempre ha sido así. Ahora se pone más de manifiesto porque en la civilizada Europa nos hemos encontrado con gente que viene de otros lugares, cuando en otros momentos históricos han sido esos lugares los visitados por los civilizados europeos.
Y esa diversidad no tiene por qué generar conflictos. No tiene por qué, porque al igual que los seres humanos somos iguales y no hay una superioridad de unos sobre otros, así también en los colectivos y culturas. Son los deseos de suprimir la diversidad lo que genera los conflictos, porque detrás de ello está el intento de exaltar lo propio, lo mío como lo verdadero, como lo bueno, y los demás son los que tienen que cambiar y hacer suyos nuestros valores. Pues también llegamos a pensar que son los otros los malos, los que traen el mal, los que nos llenan de malas costumbres. Si nos enfrentamos no es porque seamos diversos, diferentes, sino porque rechazamos a los que no son como nosotros.
Siempre veíamos como negativo el que todos pensáramos igual y votáramos lo mismo. Las imágenes de las asambleas comunistas en la antigua URSS o en China alzando todos la mano al unísono para aprobar la idea lanzada por el jefe, quedan en nuestras retinas como espectáculos deprimentes. De la misma forma que ha habido pueblos que han visto negado sus derechos a hablar su lengua, podemos hoy intentar no dejar vivir en paz a los que tengan otras costumbres diferentes, siempre igual de dignas que las nuestras cuando no vayan contra el bien de cada persona y de cada pueblo, siguiendo aquello de “no hagas a los demás lo que no quieres te hagan a ti”, que viene a ser algo similar al respeto y cumplimiento de los derechos humanos.