Se oye hablar mucho del tema últimamente. De los centros donde internan por un tiempo a los inmigrantes que llegan sin papeles. Son como cárceles. Su delito: no tener papeles. Ni han robado, ni han atropellado, ni han matado. Más bien han sido robados en sus países por los que los colonizaron, han estado siendo atropellados, y su destino más inminente es la muerte por hambre, por inanición, por una guerra o por ser perseguidos.
En unos sitios, como en España, muchas personas y grupos protestan porque esos centros no cumplen las normativas. Son, dicen, como centros oscuros, donde no se sabe lo que pasan. Ni dejan
entrar a los periodistas, ni las organizaciones sociales. Si todo está tan bien, por qué ese empeño en tenerlo escondido.
De otro lado en Europa hasta los más progres están a punto de aprobar unas directrices que condenará a los sin papeles a permanecer más tiempo en esos centros, casi hasta que se tenga la garantía de que puedan ser repatriados. Y se jactan en declaraciones intentando justificar lo negro por lo blanco.
En España acaban de entregar una carta protesta al ministerio del Interior. Muchas organizaciones han dejado oir su voz y han puesto en altavoz sus reflexiones sobre el tema. Piden un mayor esclarecimiento de las cosas, que no se dé marcha atrás en estas normativas, que cualquier cosa que se haga sea hecha con el ropaje de los derechos humanos. Pero los políticos siempre se creen con la razón. Las voces de poetas, artistas, universitarios, gente dedicada a lo social, no valen, no les hacen caso. Solo cuando se acercan las votaciones y necesitan una pancarta bonita.
Poco les importan los derechos humanos, a pesar de salir en su defensa. Desde aquella famosa frase “teníamos un problema y lo hemos solucionado” de Aznar cuando expulsaron, amordazados y medio sedados, a cientos de inmigrantes negros hacia Nigeria, no importando fuera su país de origen, hasta los que hoy son también devueltos a sus países con enfermedades, maltrechos, sin haber sido tratados con fundamento por la Sanidad pública que en principio es para todos.
Lo más triste es que un gran sector de la población avala estas directrices o formas de actuar. Piensan que nos están invadiendo. Al final muchos terminan pensando lo que dicen todos los días los de arriba en los medios de comunicación.