Hace pocos días fue el acontecimiento internacional que nos recuerda otro problema social, cual es el día internacional de la seguridad y la salud laboral . Unos hemos podido celebrar el no haberlos tenido, otros habrán recordado la mala racha por la que tuvieron que pasar, porque no solo fue un momento, un instante, sino que aquello llevó sus secuelas. Hay quienes truncaron sus vidas. Es verdad que el riesgo siempre existe, pero todo lo que se haga en prevención, nunca quedará corto.
Eso sí, ese día recordaba los accidentes laborales y secuelas de tipo físico. Pero ¿y los otros accidentes? ¿Los de tipo psicológico? Aquellos que o bien acosados en su trabajo o bien relegados de sus funciones sin ningún tipo de explicación, han quedado arrinconados. Los hay que no han podido seguir demostrando su valía, y lo que es peor se han quedado sin ganas. La apatía y la falta de motivación han sido desde entonces compañeras de sus vidas. Y no hay resarcimiento moral ni económico. Nadie les ha dado las gracias, nadie les ha dicho hemos cometido una injusticia. Se han quedado con la vida colgada, y alguna lágrima les asoma de vez en cuando. No lágrimas ajenas, no. Esas no existen. Hablo de las propias. Por mucho que intenten hacer distancia con los acontecimientos pasados, siempre vuelven y se convierten en paraíso de quejas. Hay en sus vidas como una biblioteca con sombras que les hace desconfiar de los demás y, sobre todo, de las ideas y acciones nobles que inspiraron sus trabajos. Escribo en homenaje a ellos y ellas, los que en la vida han tenido y siguen teniendo estos accidentes laborales, para que allí donde apareció colgada la muerte en sus frentes, vuelva a resurgir la vida como un pensamiento que les motive y les anime. Ya va siendo hora de que estas cosas también se reivindiquen.