Acabo de leer en un periódico que científicos estadounidenses han
descubierto el gen de la eterna juventud o, lo que es lo mismo, han
identificado veinticinco genes que regulan el ciclo de la vida de dos
organismos: el hongo unicelular de la levadura y el gusano C. Elegans, de
los cuales al menos quince cuentan con versiones similares a las de los
seres humanos.
En un análisis a simple vista, la cuestión parece de ensueño: Nos pone la
eternidad al alcance de la mano, ya que el descubrimiento sugiere la
posibilidad de que se pueda orientar a esos genes para que frenen el proceso de envejecimiento y los problemas de salud vinculados con la edad.
Bastará, pues, con ir a la farmacia y pedir una píldora de Eternitis Compósitum de cinco, diez o quince años, en lugar de miligramos o de las habituales pastillas de la tensión, y todos como pinceles a disfrutar de la existencia hasta la saciedad. Vamos, un hallazgo como para conceder a esos cerebritos el premio Nobel sin necesidad de reunir al jurado.
Pero si uno profundiza en la cuestión y la analiza con detenimiento, ve
con claridad que, como bien dice el refrán, no todo el monte es orégano y el
asunto traerá un montón de problemas.
Veamos. Por ejemplo... ¿Qué pasará con Dios? ¿Debería inscribirse en la
oficina de empleo? Porque no cabe duda de que el invento lo llevará
inevitablemente al paro o le obligará a pedir en las esquinas como un
pordiosero, y ya no dispondrá del título de propietario del universo
inscrito en el registro de la propiedad celestial y, por lo tanto, del
necesario aval hipotecario que aportar ante el banco del destino con el fin
de resolver su situación de indigencia. En otras palabras, pasará de ser un
Bill Gates del tiempo a ser uno más del montón universal.
Otro que se verá incluido en las filas del gremio de los sin chollo es San
Pedro: una vez abierto el portón de la longevidad ya no se necesitarán sus
llaves de Sereno del Cielo.
A quienes también se le pondrán las cosas realmente crudas es al Papa, a
la iglesia católica y al resto de santones y religiones. Se les acabó el
negocio de vender parcelas de aire para la otra vida que tantos réditos les
ha proporcionado y que tanto evidencian la basílica y el complejo
urbanístico del Vaticano con su red mundial de patrimonio. Se verán
obligados a cerrar el alambique de las indulgencias plenarias que
utilizaban, mediante un proceso alquímico y comercio-espiritual, para
revestir sus altares con oro de la mayor pureza, aunque siempre les quedará el recurso de refundar la empresa como Laboratorios Jesús y dedicarse a la
fabricación de píldoras de infinito.
Los que podemos empezar a sudar tinta china somos los trabajadores
autónomos. Sólo de pensar que tendré que pagar las cuotas de la seguridad
social ad aeternis me da un infarto. O los poetas. ¡Tanto escribir para
alcanzar la misma gloria inmortal que los demás humanos! Nada, a colgar la pluma y a dedicarse a otros menesteres más productivos materialmente
hablando.
Los que sin duda se frotarán las manos son Solbes, Pizarro, o cualquier
ministro u opositor de economía que se precie de tal, porque ya no habrá
jubilados. ¡Tó er mundo a currar y con el brío de un chaval de veinte años!
¡El déficit en el sistema de pensiones resuelto a golpe de probeta!
Y no digamos los abogados matrimonialistas. Esos se forrarán, porque hay
un montón de gente que, para los años que les quedan, están dispuestos a
aguantar lo que les echen al lado de su pareja, pero soportarla eternamente es ya harina de otro costal y que merece, cuando menos, una meditación
trascendental y un pleito de separación.
En fin, que, como siempre, lo que beneficia a unos, a otros les da un baño
de ortigas, pero bienvenidos los logros científicos y que no por eso se
detenga el tren del futuro. Y si éste no nos hace inmortales, al menos que
escriba un epitafio bien grande en nuestra tumba que diga: "Aquí yace un ser privilegiado. Lo pasó francamente bien durante el carnaval de los días que le tocó vivir", cuestión para la que sólo se necesita un poco de suerte, un mucho de esfuerzo y una mentalidad positiva.
Marzo 2008©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
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