Volviendo al tema anterior de las preocupaciones, me ha comentado un amigo que cuando uno vive metido en la preocupación sin afrontarla se bloquea, y que también cuando uno se bloquea, bloque a los demás que conviven con dicha persona.
Y es que con frecuencia nos creemos menos de lo que somos, nuestra autoestima está por los suelos, y cuando nos dirigimos a los otros no solo
no le aportamos nada sino que arrastramos negatividad. Bloqueándonos,
bloqueamos a los demás.
Otras veces, por el contrario, nos sentimos más grandes que los demás,
superiores a los otros y lo que hacemos es empequeñecerlos. En uno y otro caso, no estamos siendo nosotros mismos.
Lo he leído en el blog de unos amigos que plantean unas reflexiones cristianas. Y tienen toda la razón. Hay que ser uno mismo, por encima de lo que fuese. Aceptando uno sus errores y también sus valores. No somos una amenaza para los demás, somos portadores de algo valioso, que es lo mejor que cada uno tiene dentro de si, y que normalmente es diferente en cada uno. Ahí está la riqueza de la convivencia, que nos complementamos, que nos aportamos cosas los unos a los otros. Y todo, siendo uno como es, sin bloquearse por arriba ni por abajo. Puedo valorarme sin necesidad de pisar a nadie, de considerar a los otros inferiores. Y uno descubre eso con frecuencia, sobre todo en los trabajos, cómo parece que la norma en lugar de colaborar es pisar a los demás para quedar yo mejor que los demás.
¿Hasta cuándo hemos de ser pacientes con ello?