
Hoy el sol no ha querido abrazarnos y darnos su calor. La lluvia y el frío ha inundado de frescor nuestros cuerpos. Y también nos hacía falta. Aunque de esta manera uno parecía equivocarse en el camino a seguir, mientras saltaba los charcos para no dejar los calcetines empapados. Me entraron ganas de soltar el paragüas, caminar despacio, sin prisas de ningún tipo por llegar temprano a un sitio, y dejarme empapar por el agua que caía tranquilamente. Debe ser algo parecido a cuando uno toma los rayos de sol en verano. Pero no, tenía que seguir avanzando, con rumbo fijo a donde todos los días me espera gente y papeles y compañeros, gracias a cuya rutina puedo llevar los garbanzos a mi mesa.
La lluvia aquí, el frío también es algo extraordinario. Tienen un parecido con las piedras que uno se encuentra en el sendero y que te invitan a no ser congruente. Pero no, prefiero esta lluvia serena, que hace que uno camine despacio, y el corazón no se agite, y que da tiempo para sonreír. Hacía falta esta agua que quite el polvo de la rutina de cada día que se encuentra uno en nuestras calles. Y llegar algo mojado a la oficina, y sacudirse la chaqueta. Y es que el fondo somos como un desierto que se alegra cuando cae el agua, pues respira uno algo más de nobleza, dado que la lluvia se nos da y no la fabrica el del comercio de al lado. Y sentir un don en la vida de uno, ahora que estamos en época de regalos, no está nada mal. Es como comenzar a ser agradecidos con la vida, con la gente. Sigue, pues, cayendo bendita lluvia, pero así de forma serena y no en tromba.
Está lloviendo, hace frío. Y uno se siente más sereno. Ya está bien de tanto calor.