Desde hace varias semanas las luces de colores y bombillas de todo tipo adornan nuestras calles, plazas y avenidas; los belenes acampan en los centros comerciales y plazas públicas; los Papás Noel comienzan a subirse por casi todas las ventanas de las calles; no se puede circular por la carretera de la ciudad, buscar aparcamiento incluso en las zonas habilitadas para ello previo pago es un milagro, buscarlo no, buscarlo es una ingeniería de paciencia, encontrarlo. Y no digamos nada si te metes en un centro comercial, hay tanta gente que hasta te mareas, parece que vamos a chocar unos con otros, y para entrar en una tienda tienes que pedirle permiso a los que se agolpan en los escaparates.
Me he preguntado varias veces si estoy despistado o qué. ¿Es que llegó ya la Navidad? Si todavía no nos ha dado tiempo de reponernos de las vacaciones de verano. ¿No es la Navidad a finales de mes? ¿Cómo es que la estamos celebrando ya desde finales de Noviembre?
Poco a poco me voy dando cuenta que no es la Navidad lo que celebramos sino la consumitis. No sé si existe esa palabra, pero habría que dedicarle una fiesta para ser más realista. Yo entiendo la Navidad como un mensaje de fraternidad y de paz, hasta de unión o reunión familiar. Algo que nos recuerda en unos días lo que deberíamos hacer todo el año.
Pero me da la impresión de que seguimos con el mismo nombre –la Navidad- pero hemos cambiado el contenido –ya no preocupa ni interesa mucho la paz, sino comprar y vender más y más. Y todos, queriendo o no, hemos caído en la guerra del consumismo. No sé si peleamos a ver quien compra más o quien menos, quien vende o compra más caro y quién más barato. Pero peleamos en la carretera conduciendo, peleamos caminando por un centro comercial. ¿Por qué tanta prisa para celebrar la Navidad si hemos tenido tiempo todo el año?